Ligonier Ministries La comunidad de enseñanza de R. C. Sproul

«Te glorifiqué en la tierra, habiendo cumplido la obra que me diste que hiciera. Y ahora, Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera.»

– Juan 17:4-5

En la primera parte de Su Oración Sacerdotal, nuestro Señor pide al Padre que lo glorifique ahora que ha llegado la hora de Su muerte expiatoria (Juan 17: 1-5). Esta es una petición interesante, porque la gloria es un atributo divino, y puesto que el Hijo de Dios es completamente Dios, posee una gloria divina inherente que no puede aumentarse ni disminuirse (1:1-18). Entonces, si Cristo posee gloria en el momento de Su Oración de Sumo Sacerdote, ¿cómo puede orar para que Dios le dé gloria?

Primero debemos notar que aunque el Hijo de Dios posee gloria infinita de acuerdo a Su deidad, veló esa gloria en Su encarnación. Se humilló a Sí mismo, ocultando la plena manifestación de Su gloria divina de los ojos humanos, permitiendo que brillara solo en ocasiones, sobre todo en la transfiguración (Fil. 2: 5-11; ver Mat. 17:1–7). Por lo tanto, podemos ver Su oración de glorificación como una oración en la que pide al Padre que permita que Su gloria divina inherente se vea claramente una vez más.

La oración de Jesús por Su glorificación es también una oración para que Su humanidad comparta plenamente la gloria divina. Como Mediador encarnado entre Dios y la humanidad, pide ser glorificado tanto en Su naturaleza divina como en Su naturaleza humana. Considere la base de Su solicitud. Jesús ora por Su glorificación debido a la autoridad que se Le ha dado para dar vida eterna a los elegidos y porque ha cumplido la obra que se le ha dado (Juan 17:2-4). Cristo se refiere a Su obra de asegurar la justicia para nosotros y expiar nuestro pecado, que el Hijo de Dios solo pudo realizar como Mediador encarnado. ¿Por qué? Porque la expiación requiere que el Hijo posea una naturaleza humana, ya que es imposible que el Hijo sufra de acuerdo a Su naturaleza divina. La humanidad puede sufrir; Dios no puede. Sin la encarnación, el Hijo no tiene una naturaleza humana, y sin una naturaleza humana no hay expiación.

El Padre dio al Hijo encarnado la autoridad mediadora para hacer la obra necesaria para salvarnos y para dar esa salvación a Su pueblo. El Hijo de Dios llevó a cabo la obra de la salvación como Salvador encarnado, de modo que esa obra implicaba la operación tanto de Su humanidad como de Su deidad. Como Cristo, el Hijo de Dios, actúa de acuerdo con Su deidad y Su humanidad para salvarnos, y como Su naturaleza humana pertenece a Dios el Hijo, Cristo ora para Su glorificación, para que Él Mismo como el todo, Cristo encarnado—naturaleza divina y naturaleza humana—reciba gloria. Juan Calvino dice que Jesús pide que » la majestad Divina, que siempre había poseído, pueda ahora mostrarse ilustre en la persona del Mediador, y en la carne humana con la que estaba vestido.»

Coram Deo

Volviendo a la presencia de Dios, Cristo tuvo que ser glorificado en Su humanidad para morar ante el rostro de Dios como Mediador encarnado (Juan 17:5). Su humanidad tuvo que participar en la gloria para poder ver a Dios en la gloria. Lo mismo es cierto para nosotros, por lo que seremos glorificados. Compartiremos la gloria de Dios no para ser adorados, sino para reflejar esa gloria y disfrutar de la belleza de Dios al verlo cara a cara.

Pasajes para Estudio adicional

Isaías 49: 3
Romanos 8: 16-17